miércoles, 3 de octubre de 2007

Fidel habla sobre Ernesto Che Guevara (II)

Yo pienso que era un modelo de hombre revolucionario

(Tomado del Capítulo 8 del libro Cien horas con Fidel)

ALEGRÍA DE PÍO - PRIMERAS VICTORIAS - EL CHE EN LOS COMBATES - RAÚL y CAMILO - ESTRATEGIAS DE GUERRA LA DERROTA DE BATISTA - TRIUNFO DE LA REVOLUCIÓN

Ustedes desembarcan el 2 de diciembre de 1956 y, poco después, en Alegría de Pío, sufren un ataque devastador.

Eso ocurre el día 5. Nosotros habíamos realizado todas las pruebas de navegación con un barco vacío, no sabíamos mucho de marinería, y cuando cargamos al "Granma" con 82 hombres, más las armas, las municiones, los alimentos y el combustible adicional, pierde velocidad y llega en siete días en vez de cinco, con apenas unas pulgadas de combustible en los tanques. Nos retrasamos dos días. Y nos atacan tres días después del desembarco.

Fidel y el Che durante las pruebas de un fusil lanzagranadas en Pata de la Mesa, Sierra Maestra, febrero de 1958.

En Alegría de Pío, mientras marchábamos hacia las montañas, todavía distantes, estaba amaneciendo el día 5 de diciembre. Pasamos junto a un pequeño monte no mayor de una hectárea y caminamos 100 ó 200 metros más hacia el gran monte situado entre la línea de costa que limita con el mar por el Sur y la franja de tierra llana y fértil, sembrada de pasto y caña al Norte. Llegamos al borde de ese bosque, lo exploramos y a lo largo de cientos de metros nos desplegamos. Era un punto adecuado que dominaba un buen tramo del camino que traíamos, pero el suelo era rocoso y lleno de ásperas piedras. De nuevo, al finalizar la tarde, habría que caminar otra noche entera para cruzar la línea del cerco. Algunos compañeros estaban totalmente agotados. Decido acampar en el pequeño monte de suelo blando y a pocos metros de un campo de caña fresca y apta para el consumo. Los hombres se ubicaron con sus escuadras para descansar esperando la noche. La posta, a solo cien metros del campamento. Demasiada confianza.

Ya entrada la tarde, avionetas enemigas comenzaron a explorar desde temprano. Alrededor de las 4:00 de la tarde, aviones de caza volaban rasantes sobre el bosquecito. Aproximadamente a las 5:00, los primeros disparos, y segundos después, fuego cerrado de infantería contra nosotros, que estábamos distraídos por el ruido ensordecedor de los cazas en vuelo rasante. Habíamos sido sorprendidos.

Dispersión total. Yo me quedé solo con otros dos compañeros en el cañaveral próximo adonde una parte del personal se replegó o cruzó por él. Cada hombre o pequeño grupo vivió su propia odisea. Ocultos los tres en la caña, esperamos la noche ya cercana y nos dirigimos al bosque grande. Allí dormimos como se pudo. Total de fuerzas: 3 hombres; total de armas: mi fusil con 90 balas y el de Universo [Sánchez] con 30. Era lo que quedaba bajo mi mando.

La zona estaba llena de soldados. Había que marchar hacia el Este y reunir lo más posible las fuerzas dispersadas. Yo era partidario de avanzar hacia el Este por el borde del bosque. Faustino [Pérez], miembro como yo de la dirección del Movimiento, era partidario de marchar a través de una extensa área de caña en crecimiento con menos de un metro de altura. Se nos podía ver desde cualquier distancia. Yo hice mal, porque me puse furioso con la testarudez de Faustino, y digo: "¿Es por ahí? ¡Pues vamos por ahí!". No es difícil imaginar cuán terrible era mi estado de ánimo al haber visto desaparecer en cuestión de minutos el esfuerzo realizado durante casi dos años. Tomar aquella dirección fue un disparate. Habíamos caminado ya varios kilómetros a plena luz del día, cuando observé un avión civil de porte mediano que daba vueltas en torno a nosotros a la distancia aproximada de mil metros. Me percato del peligro. Aceleramos el paso. Delante, un campo de caña demolido y tres matorrales de marabú, planta espinosa que crece espontánea en tierras abandonadas, alineados hacia el Este a distancia no mayor de 30 metros uno del otro. En el primero de ellos nos ocultamos. La nave que nos observaba esperaba los cazas, que aparecieron casi de inmediato ametrallando el tercer matorral a 60 metros de nosotros. A muy pocos metros de ese punto donde estábamos comenzaba otro viejo campo de caña. Dije que había que abandonar de inmediato el matorral, de apenas 10 metros de diámetro, y nos tendimos bajo las hojas y la paja de aquella caña a pocos metros de distancia. Casi al instante los cazas, atacando desde el Este, ametrallaron nuestro matorral en pases sucesivos durante un tiempo que nos pareció infinito. La tierra temblaba bajo los disparos de las ocho ametralladoras calibre 50 que portaba cada avión. A pocos metros de distancia del marabú, después de cada ametrallamiento, llamaba en voz alta a Universo y a Faustino, a quien, a pesar de su cabeza dura, estimaba mucho y seguiré estimando siempre por sus muchas cualidades revolucionarias. Ninguno de los tres estábamos muertos o heridos. Un breve lapso de minutos sin disparos nos permite avanzar 30 ó 40 metros hacia una caña más alta y cerrada. Era imposible alejarse más. El ametrallamiento había cesado. Las avionetas de exploración se turnaban una tras otra vigilando el lugar desde muy baja altura. Nos sepultamos bajo las hojas y la paja de caña sin hacer movimiento alguno.

Viví entonces uno de los momentos más dramáticos de mi vida. Me entra sueño, mucho sueño, en aquel cañaveral, a muy poca distancia del punto que habían ametrallado. Yo decía: "Con seguridad van a venir a explorar por tierra. Vendrán para ver los resultados del desproporcionado ataque".

Ellos no podían saber quiénes eran los hombres que allí se encontraban. Cualesquiera que fuesen, los atacaron con verdadera saña. Eso ocurrió poco después del mediodía. No puedo saber la hora exacta. Sé que nosotros estábamos debajo de paja y hojas de caña, porque mantuvieron una avioneta que prácticamente no nos dejaba mover, vigilando todo el tiempo, observando el lugar. Debajo de la caña y en esa posición, le cae a uno el agotamiento por todas las tensiones de los días anteriores.

¿Esa fue una de las situaciones más dramáticas que ha vivido usted?

De las que yo he vivido, esa, esa tarde, a esa hora; ninguna otra fue tan dramática. Ya le conté lo de Sarría cuando me capturaron después del asalto al Moncada.

Sí, pero esta fue más dramática, ¿no?

Recuerdo cuando apenas podía contener el sueño. Mi fusil tenía dos gatillos: uno suavizaba el disparo y el otro, después de eso, no había más que tocarlo para un disparo de precisión. Mi fusil tenía una mirilla telescópica de diez poderes.

¿En aquellas circunstancias qué hice? Cuando vi que era inevitable que me durmiera, me puse de lado y coloqué la culata del fusil entre las dos piernas y la punta del cañón debajo de la barbilla. No quería que me capturaran vivo si la exploración enemiga me sorprendía dormido. Haber tenido una pistola en ese caso era mejor: la sacas fácilmente y disparas contra el enemigo o contra ti mismo; pero con un fusil de esas características, si te sorprenden dormido, no podías hacer nada. Estábamos debajo de la paja, la avioneta encima. Como no podía moverme, me dormí profundamente. Era tal el agotamiento que dormí como tres horas. La tarde comenzaba a refrescar.

¿A pesar de ese desembarco trágico y de las bajas, usted no se desalentó?

No. Comenzamos a reorganizarnos con dos fusiles: Raúl, por otra parte, dos semanas más tarde llegó a un punto con cinco fusiles. Sumados los dos, en total reunimos ese día siete fusiles. Ahí yo dije por primera vez: "Ahora sí ganamos la guerra". Me acordaba de la frase de Carlos Manuel de Céspedes, quien respondiendo a los pesimistas, cuando tenía doce hombres en situación similar, exclamó: "¡Aún quedamos doce hombres! Bastan para hacer la independencia de Cuba". Raúl y yo tuvimos siempre la misma idea, llegar a la Sierra y seguir la guerra.

El mate, una de las costumbres argentinas.

Hubo, pues, un momento en que con siete fusiles continuamos la lucha; pero ya en esa ocasión, ayudados por los campesinos que habían recogido algunos fusiles de varios de nuestros compañeros que fueron asesinados o habían guardado las armas en un lugar para recogerlas más tarde, reunimos 17 armas de guerra, y con ellas obtuvimos nuestra primera victoria.

¿Cuál es esa primera victoria?

El primer combate fue contra una patrulla mixta de soldados y marinos. Tiene lugar el 17 de enero de 1957, 46 días después de nuestro desembarco el 2 de diciembre de 1956. Ese fue nuestro primer combate victorioso, el primer pequeño, pero simbólico, combate. Cinco días después, un pelotón de paracaidistas que marcha a la vanguardia de una columna de 300 hombres, se adelanta y cae en una fuerte emboscada minuciosamente preparada en todos sus detalles; se le ocasionan alrededor de 5 bajas y se le ocupa un fusil semiautomático Garand con todas sus balas. Sería largo contar los detalles de los dos primeros combates victoriosos: La Plata y los Llanos del Infierno de Palma Mocha. Llegamos a tener 30 hombres armados a partir de los 19 que libran el primer combate.

Se presentan después dificultades tremendas a partir de una sensible y nociva traición por parte del único guía con que contábamos. Volvimos a ser 20 y después 12 hombres. Después del desembarco, a partir del durísimo revés de Alegría de Pío, ya en rápido proceso de recuperación, ocurrió aquella traición.

¿Qué fue lo más difícil en ese primer periodo?

¿Qué fue lo más difícil? El aprendizaje. Si hubiéramos desembarcado con los 82 hombres en el lugar propicio que teníamos previsto para desembarcar, la guerra hubiera podido durar solo siete meses. ¿Por qué? Por la experiencia. Con aquella tropa, 55 fusiles de mirilla telescópica, tiradores excelentes y la experiencia que teníamos, la guerra al final no dura ni siete meses. En el "Granma", yo gradué los 55 fusiles para disparos certeros a 600 metros. Teníamos tres marcas de fusiles y cada una tenía una variación diferente, según el acero y el tipo de bala, y en el "Granma", en una distancia de diez metros, mediante una fórmula geométrica, gradué todos los fusiles. Pasé más de dos días graduando fusiles.

El Che padecía asma, lo cual debe ser una dificultad seria para combatir en una guerrilla. Usted, a la hora de seleccionar a los hombres que iban a ir en el yate "Granma", descarta a otros pero no a él. ¿Planteó el asma de él algún problema después?

El Che viene en el "Granma", naturalmente. Claro, todo se preparó como había que hacerlo. Todo el mundo tenía que estar listo para partir en cualquier momento. Nadie conocía cuándo saldríamos. Aquella noche del 24 de noviembre de 1956, cuando nos movilizamos hacia una casa a orillas del río Tuxpan, el Che se mueve y no lleva el aerosol para el asma. Y, sin embargo, claro que viene en el "Granma".

¿Sin sus medicamentos para el asma?

Sí. Y unos meses más tarde, estando allá en la Sierra, después de la reunión en febrero de 1957 con el periodista del The New York Times, Herbert Matthews, cuando habíamos alcanzado de nuevo la cifra de 20 combatientes, cada vez más conocedores del terreno, más curtidos en el empeño de sobrevivir y desarrollarnos en aquellas difíciles condiciones, bajo implacable y continua persecución de un enemigo herido en su orgullo profesional y lleno de desprecio hacia nuestra modesta fuerza, se presentó una complicada situación derivada del asma del Che.

Nos ataca una fuerte columna. Nos habíamos retrasado peligrosamente en la marcha debido a una fuerte crisis de asma que se le presentó al Che. En ese momento apenas podía caminar. Teníamos que subir una ladera muy inclinada, íbamos avanzando cuesta arriba hacia un área boscosa, y una columna de 300 soldados aproximadamente que adelantaba por el flanco izquierdo, a más altura que nosotros, en el firme de una elevación sembrada de pasto, al divisarnos, nos dispara con morteros y fuego de fusilería. A pesar de eso, casi arrastrando al Che, continuamos el ascenso, tratando de llegar a la zona boscosa antes que la columna enemiga. Era ya tarde y estaba anocheciendo. Alcanzamos el bosque minutos antes de que un colosal aguacero comenzara a desatarse sobre ambos contendientes, a distancia no mayor de 600 ó 700 metros entre sí. El agua nos obliga a seguir sin descanso hasta el otro lado de la cima de aquel firme donde, ya totalmente de noche, encontramos dos familias campesinas con viviendas separadas por algunos centenares de metros. Estábamos con frío y chorreando agua. El Che no podía ya ni moverse.

¿Tenía una crisis de asma?

Sí, una crisis verdaderamente fuerte. Esto nos pone en una situación bastante compleja. No existía el medicamento. Habría podido recibirse rápido de Manzanillo, en el punto donde nos habíamos reunido con Matthews. El Che no había dicho una palabra entonces. Estaba en ese momento inmovilizado, y el ejército detrás. No era de esperar que se moviera de noche por el camino boscoso, con oscuridad y fango. Con seguridad lo haría al amanecer hasta llegar al punto donde estábamos.

Me presento a los dos campesinos, y haciendo acopio de serenidad y sangre fría, me hago pasar por coronel batistiano. Nada tenía aquello de extraño, teniendo en cuenta las explosiones cercanas de morteros y el intenso fuego de los disparos de fusil escuchados hasta hacía muy poco tiempo. A veces fue necesario este ardid, porque los campesinos al principio se preocupaban mucho cuando los visitaba por primera vez un grupo rebelde, debido a las represalias que tomaba después el ejército contra ellos. Pero mi supuesta identidad tenía un defecto: me mostraba demasiado decente. Yo me decía: "Tengo que estudiar a estos dos hombres, porque hay que buscar la manera de que uno de ellos vaya a buscar la medicina". Hablé horas allí con esos dos hombres. No voy a mencionar el apellido de uno que era batistiano de verdad, y decía: "Oiga, saludos para mi general, dígale esto y lo otro". ¡Cómo me agasajó! El otro me hablaba más sosegado. Le digo a Isaac así se llamaba: "Bueno, ¿qué le parece este hombre?", refiriéndome a Batista. Responde: "Mire, yo era ortodoxo". Ese partido mencionado por Isaac era muy antibatistiano. "Oiga", continuó, "pero hay que ver la obra que ha hecho este hombre", me dijo Isaac. Se refería a Batista. Pensaba yo en tantas casas que sus tropas habían quemado en la Sierra Maestra, los horrores que habían cometido y la gente que habían asesinado. Me doy cuenta de que aquel era el hombre que necesitaba, me había fijado bien. No era verdad que simpatizara con Batista, y le dije: "Isaac, yo no soy coronel, soy Fidel Castro". Sus ojos se abrieron expresando una alegría colosal.

Expliqué: "Tenemos una situación muy difícil, un compañero en esta situación, hay que ir a Manzanillo a buscar el medicamento y hay que buscar un lugar donde guarecerlo y que no lo descubran". Le dimos el dinero para que al amanecer saliera hacia Manzanillo a buscar las medicinas. Y fue.

En un sitio bien guarecido dejamos al Che con su fusil, y otro compañero más. El resto del grupo, que sumaba en ese momento 18 hombres en total, subimos por el mismo camino que debía utilizar el ejército, un camino amplio y fangoso hacia las Minas del Frío.

Ya en esa época caminábamos rápido. Después de los primeros combates, Guillermo García solía usar uniforme de sargento y un casco de los ocupados en los primeros combates. Ya nosotros padecíamos de hambre psicológica, y por delante siempre mandábamos a preparar algo. Ya estábamos arriba en la Maestra cuando se produce una confusión sobre el avance de fuerzas enemigas más próximas a nuestro grupo, ocupado en diversas tareas y fragmentado en ese momento. Conclusión: de los 18 que éramos, 6 se van por un lado, eran todos campesinos incorporados, y por otro quedamos solo 12, todos del "Granma".

Ese mismo día el jefe del ejército de Batista, ¡fíjese la casualidad!, pronuncia en Columbia, el cuartel general del Ejército, un discurso, y dice: "Vamos a darle candela al jarro hasta que suelte el fondo. Solo quedan 12, y no tienen otra alternativa que rendirse o escapar, si es que pueden". En ese momento no estaba el Che, porque había quedado en el lugar referido. El campesino José Isaac había cumplido la misión.

¿Y trae el medicamento?

Trae el medicamento. Cuando nos separamos, yo le doy una tarea al Che: recibir un refuerzo de hombres y armas que Frank País enviaría desde Santiago de Cuba, en espera de mi llegada tan pronto recibiera confirmación. Mientras tanto, yo realizaba una exploración en profundidad con un pequeño destacamento en la dirección Este de la Sierra Maestra. Los reclutas —pudimos observarlo muchos meses más tarde— tenían un inconveniente: menos experiencia, y por esa causa una emboscada, por ejemplo, u otra operación, podía frustrarse; pero eran más decididos, porque querían hacer en un mes, dos o tres lo que habían oído decir que hicieron otros en un año. En situaciones como esas, es mejor el recluta, pero con buenos y experimentados jefes.

Cuando llega ese refuerzo, varias semanas más tarde, hubo problemas porque el Che era argentino, y le dieron cierto tratamiento chovinista.

¿Todavía al Che se le consideraba como argentino?

Todavía no era comandante. Era el médico de nuestra tropa que se destaca...

¿Cuál era su comportamiento como médico de la guerrilla?

El Che se quedaba con los heridos y los atendía con esmero. Era una característica de él. Como médico, se quedaba con los enfermos, porque en aquella naturaleza, agreste y boscosa, con los combatientes perseguidos desde muy diferentes direcciones, la fuerza que pudiéramos llamar principal era la que tenía que moverse después del combate, dejar un rastro bien visible para que en alguna zona cercana pudieran permanecer, sin peligro, el médico y los heridos. Hubo un tiempo en que el único médico era él, hasta que otros se sumaron a nuestra lucha.

Junto a Camilo en la Sierra Maestra, preparando un nuevo armamento de invención rebelde.

Después del primer combate, les hicimos la emboscada a las tropas paracaidistas; ya disponíamos de 30 hombres armados, como le conté. No tuvimos ningún herido en el primer combate, ninguno en el segundo. Como médico, el Che no tuvo que intervenir.

Pero el combate más duro fue el que se produjo cuando atacamos el cuartel de Uvero, en plena costa. Una acción sumamente riesgosa para todos, sencillamente porque cuando estábamos en las montañas vigilando los movimientos de fuerzas enemigas para golpearlos fuertemente, llegaron noticias de un desembarco de cubanos armados, por el Norte de la provincia. Ellos pertenecían a otra organización que no coordinó con nadie. Nos acordamos de nuestras enormes dificultades y sufrimientos en los días iniciales y, como acto de solidaridad a favor de aquellos que habían desembarcado, decidimos realizar una acción bien audaz que, desde el punto de vista militar, no era la más conveniente, y consistió sencillamente en atacar una unidad enemiga bien atrincherada en la orilla del mar, en la costa al Sur de la Sierra y no distante de nuestra zona de movimientos.

Fue osado, y lo hicimos por ayudar a un grupo que no tenía ni relaciones con nosotros, pero se trataba de compatriotas, sabíamos lo que podía ocurrirles y ya teníamos mucha confianza en nosotros mismos. Por darles apoyo, nos apartamos de nuestra doctrina. Realizamos un ataque temerario en el que murió o fue herido un tercio de los participantes. La acción se realizó en pleno día. Por suerte les destruimos las comunicaciones desde el primer instante. Ni nave de guerra ni aviones se aparecieron en aquel punto, porque quedó destruida la comunicación.

Yo llevaba el fusil de mirilla telescópica que le enseñé, y en esa etapa el primer disparo lo hacía yo, era la forma de ordenar el inicio de la operación. Fíjese si en ese combate hubo volumen de fuego que en aquel cuartel de madera había siete cotorras y cinco murieron de bala. Teníamos, al iniciar la acción, dos pelotones de reserva; disparaban conmigo hacia el objetivo desde una pequeña altura. Era necesario observar cómo reaccionaban los soldados de la guarnición. Había unos troncos de árboles amontonados detrás de la instalación, porque era una zona forestal y allí embarcaban maderos para Santiago de Cuba. En aquella estiba de fuertes leños también se atrincheraron y tiraban contra nosotros hacia la altura donde nos encontrábamos. Los soldados disponían igualmente de varios fortines de troncos que resultaron difíciles de neutralizar y desde donde disparaban contra las fuerzas rebeldes.

En el combate se destacaron no pocos jefes de escuadras y pelotones como Guillermo, al frente de una escuadra del grupo que atacó por el Oeste y tomó el fortín que estaba en esa dirección, junto a Furry y otros valientes del pelotón de Santiago de Cuba.

Juan Almeida fue enviado con su pelotón desde los primeros disparos de nuestro ataque en dirección de la instalación principal; ya próximo a esta, entabla combate, prácticamente de pie, con un punto fortificado que le quedaba a la izquierda de su trayecto. Cae herido con tres balazos.

Ramiro Valdés, segundo jefe del pelotón de Raúl, muy próximo a este, informa que a su lado, con un disparo en el ojo, Julito Díaz acababa de morir.

Realmente el enemigo, a pesar de la colosal sorpresa y de las bajas, se había restablecido pronto y combatía con ardor.

En medio de aquella situación complicada envío a Raúl, que había estado conmigo desde el principio del ataque, hacia el objetivo principal en apoyo de los que allí luchaban duramente. Era la última reserva. Conmigo quedaban Celia y cuatro o cinco compañeros más del Estado Mayor, que también participaban desde el comienzo de la operación hacía ya más de dos horas. Antes había ordenado al Che avanzar por el flanco izquierdo; tenía un fusil-ametralladora. Estaba con nosotros en el grupo de mando, lo vimos impaciente, interesado en reforzar los atacantes en aquella dirección, y con dos o tres hombres lo envié para fortalecer a los combatientes en ese punto, en la zona por donde podían recibir algún apoyo los enemigos, aunque sabíamos dónde estaban sus tropas y cuánto tardarían en llegar.

Curiosamente coincidían en aquel duro combate los principales jefes de pelotones y escuadras. Tres de ellos, Raúl, Almeida y Ramiro, asaltantes del Moncada y expedicionarios del "Granma", y otros dos, Guillermo García, el primer campesino que se nos unió después de Alegría de Pío, y Abelardo Colomé, "Furry", combatiente santiaguero enviado por Frank País.

Tuvimos la suerte de que la aviación no se apareció, como dije, porque aquel combate con los aviones arriba hubiera sido muy serio, o con barcos dirigiendo cañonazos de grueso calibre desde el mar hacia nuestras posiciones no protegidas en las alturas que rodeaban el cuartel, desde donde hacíamos fuego. En ese caso habríamos tenido que ordenar la retirada, a más tardar una hora después de iniciada la acción. Ellos tenían armas de guerra automáticas y semiautomáticas, y se defendieron con ahínco. Se trataba de una compañía de soldados de las tropas especiales de operaciones.

El Che cumplió su misión donde le señalé. El combate de Uvero se prolongó casi tres horas. El adversario tuvo once muertos y 19 heridos, entre estos últimos el teniente jefe del cuartel. Nosotros perdimos a 7 combatientes y tuvimos 8 heridos, varios de gravedad. Alcanzada la victoria, prestamos ayuda a todos los que lo requerían. Entre el Che y el médico militar del Cuartel atendieron a los soldados heridos, que eran más numerosos que los nuestros. El Che dirigió la atención de todos. ¡No se imagina usted la sensibilidad de aquel hombre!

Ocupamos 45 fusiles, de ellos 24 Garand semiautomáticos, 20 Springfield, un fusil ametralladora Browning; cerca de 6 mil balas 30,06; y otros equipos: pistolas, uniformes, botas, mochilas, cananas, cascos y bayonetas.

A un número de prisioneros los llevamos con nosotros, mientras que a dos de los nuestros tuvimos que dejarlos allí porque no podían moverse.

¿Ustedes abandonaron a sus heridos?

Le cuento. Mantuvimos un número de prisioneros para garantizar que no asesinaran a los dos revolucionarios heridos que quedaron en el cuartel. No porque fuésemos a tomar represalia en cualquier circunstancia, pero ejercíamos así una presión sobre el enemigo. Si tú tienes 15 ó 16 prisioneros, dispones de una cierta garantía. Allí quedaron los heridos de ellos y dos de los nuestros, tan graves que no podían desplazarse. Nos llevamos los prisioneros que podíamos llevarnos.

El Che cura a los heridos. Él sabía que uno de nuestros compañeros estaba a punto de morir, magnífico muchacho. ¿Qué hizo el Che? Le dio un beso al combatiente que dejaba casi moribundo. Me impactó eso cuando me lo contó, con dolor, recordando aquel momento en que sabía que el compañero herido no te-nía salvación posible y él, inclinándose, le había dado un beso en la frente. El Che sabía que inexorablemente moriría. El otro sobrevivió. Por supuesto que llevamos con nosotros, como hicimos siempre, al resto de nuestros heridos, entre ellos Almeida. Después, en el último camión, el Che se fue con nosotros. Yo envié por delante la fuerza, y después nos retiramos, apartándonos del lugar lo más rápido posible, ya que debíamos alcanzar una zona más alta y bajo el bosque, porque de un momento a otro podían llegar refuerzos enemigos, incluidos los aviones de combate, que no tardaron en llegar. Efectivamente, un soldado de la guarnición que había escapado y no cayó prisionero, avisó; fue entonces cuando el enemigo supo del ataque.

Al Che lo enviamos, con poca tropa para que no dejara mucho rastro y con los heridos nuestros que podían moverse, a una zona campesina donde los atendieron. Él tenía varios hombres armados. Con esa poca gente atiende a los pacientes. Había varias columnas de soldados enemigos que se acercaban, y era previsible una reacción ulterior contra nuestra columna después del atrevido y desafiante ataque.

Hicimos una gran trocha, avanzando entre columnas enemigas hacia el noroeste. Era la dirección hacia donde tenían que perseguirnos, y no fue fácil esa marcha. El Che y sus hombres quedaron en la lejana retaguardia. Fue al cabo de más de un mes cuando se nos incorporó de nuevo con su grupo y algunos campesinos que se le sumaron. Entonces, el primer comandante que nombramos fue al Che. Había dos que se distinguían mucho: Che y Camilo.

Camilo Cienfuegos.

Sí, Camilo, menos intelectual que el Che pero también muy valiente, un jefe eminente, muy audaz y muy humano. Los dos se respetaban y se querían mucho. Camilo se había destacado, era el jefe de nuestra vanguardia en la Columna 1 durante los días más difíciles de los primeros meses. Ahora lo habíamos asignado a la columna del Che. Tiempo después, hizo incursiones al llano y finalmente estableció un frente en aquel territorio, algo difícil sobre lo que no había experiencia. Camilo se destacaba mucho.

¿Ahí ya usted organiza los diferentes frentes de la guerrilla, con el Che, Camilo y su hermano Raúl?

A una parte de la tropa con la que yo regreso de aquel combate a orillas del mar y algunos buenos oficiales con sus hombres, entre ellos Camilo y otros, los envío con el Che a formar la segunda columna hacia el Este del pico Turquino, que no estaba muy lejos de la primera. Ese fue el Primer Frente, con la columna originaria y la nueva columna bajo el mando del Che.

En esa época, la columna guerrillera originaria actuaba según la táctica de la guerra de movimientos, atacar y replegarse, sin una base territorial permanente. Yo siempre tuve el mando de la Columna 1, a lo largo de toda la guerra. De ella salieron todas las demás; la del Che fue la primera, después la de Raúl, que cruza de la Sierra Maestra a la zona montañosa del noreste de la región oriental. Con 50 hombres realizó la operación, fue el primer cruce del llano hacia aquella dirección; lo hicieron perfectamente, y crearon el Segundo Frente Oriental. En aquel amplio y lejano territorio Raúl tenía la facultad de crear columnas y nombrar comandantes. De inmediato se forma la columna de Juan Almeida, que fue la tercera, para crear el Tercer Frente.

Con posterioridad, las nuevas columnas de Camilo y el Che, la de Raúl, la de Almeida, y varias otras hacia el Este, el noroeste oriental y hacia el centro del país, antes o después de la última ofensiva enemiga, todas salieron de la Columna 1.

¿En ese momento ya usted no tiene dudas de que Che Guevara es un dirigente de excepción?

Era un ejemplo, tenía mucha moral y ascendencia sobre su tropa. Yo pienso que era un modelo de hombre revolucionario.

Dicen que era de carácter quizá demasiado arriesgado.

Era muy audaz. A veces prefería una tropa cargada de minas y otros medios de guerra. Camilo, por el contrario, prefería una tropa más ligera. El Che tenía tendencia a sobrecargarse. Y él, a veces, podía eludir algún combate, y no lo eludía. Esa era otra diferencia con Camilo. El Che era intrépido, pero también asumía demasiados riesgos; por eso a veces yo le decía: "Tú tienes la responsabilidad de esas tropas que van contigo".

¿Era demasiado temerario por momentos?

El Che no habría salido vivo en esa guerra si no se ejerce ese control sobre su audacia y su disposición temeraria. Fíjese que cuando viene la ofensiva final del enemigo, ni Camilo, ni el Che y ninguno de esos jefes están en primera línea. Envío al Che para la escuela de reclutas, donde había casi mil de ellos. Quedaban Ramiro Valdés y Guillermo García en el punto donde combatía su columna, cuando se produce la última ofensiva de Batista. Después los trajimos también para reforzar la Columna 1; pero el Che fue asignado a la escuela y además se le responsabiliza con la defensa del sector más occidental del Primer Frente, para enfrentar la ofensiva enemiga.

¿Usted lo hace para que no corran demasiado riesgo?

Sí, porque eran jefes. Para usarlos ulteriormente en operaciones estratégicas. Algo estratégico fue la columna de Raúl en el Segundo Frente, la de Almeida en el Frente de Santiago, la del Che en Las Villas, la de Camilo, que inicialmente iba para Pinar del Río.

Perdimos en la lucha contra la ofensiva valiosos y combativos jefes que se habían destacado muchísimo. Yo me quedé casi sin jefes en el frente de la Columna 1. Pero los compañeros mencionados eran hombres muy seguros, y todos llevaban la misma escuela adonde quiera que llegaban, la misma política con la población, con el enemigo, y conocían todas las experiencias adquiridas en los meses difíciles y críticos de nuestra guerra, a la que cada uno de ellos constantemente añadía nuevos aportes.

Después de la última ofensiva de Batista, al Che lo enviamos como jefe de una columna hacia Las Villas con 140 hombres y las mejores armas. Llevaba una de las bazucas ocupadas, buen armamento, buenos combatientes. Y Camilo igual. Así que escogimos dos excelentes jefes; aunque Camilo llevaba menos peso. El Che llevaba más, quería añadir un número de minas antitanques. Pensaba usar vehículos en algún punto y podía usarlos, a él se le podía autorizar; pero cuando están partiendo la zona es abatida por un ciclón tropical, lluvias abundantes inundan el terreno y hacen crecer los ríos. Ambas columnas, además, tienen que marchar por los llanos de Camagüey, donde el Movimiento 26 de Julio era débil, y atravesar más de 400 kilómetros en los que el ejército de Batista contaba con la aviación. Soportaron hambre y escaseces terribles, como consta por escrito en documentos históricos de Camilo y el Che.

Constituye una proeza extraordinaria que aquellos hombres, en la época de la infantería motorizada y la aviación, pudieran ser capaces de atravesar a pie aquellos llanos y fanguizales. En esas condiciones tan adversas libraron con éxito varios combates. La hazaña quedó escrita. Camilo elaboró un minucioso e impactante informe, y el Che lo hizo constar en su diario de campaña, a partir del cual escribió después un libro que tituló Pasajes de la guerra revolucionaria, porque tenía el hábito de consignar lo que ocurría, y una excelente capacidad de narración, muy breve, muy sintética. El diario que posteriormente escribió en Bolivia es una maravilla de síntesis y brevedad.

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